La leishmaniosis es una enfermedad endémica en España y con bastante incidencia en la comunidad canina. Sin embargo, en los últimos años ha aumentado la incidencia en la población felina, complicando aún más su prevención, diagnóstico y, sobre todo, el tratamiento, teniendo que asentar las bases en todo lo que se ha recopilado e investigado en el perro.

La leishmaniosis es una zoonosis, esto quiere decir que se puede transmitir a humanos. Aunque los gatos pueden servir como reservorios secundarios, su papel en la transmisión de la enfermedad aún no está bien definido. Se trasmite a través de diminutas moscas de arena del género Phlebotomus que actúan, a su vez, de vectores de otros parásitos pertenecientes al género Leishmania, aunque la especie más común en nuestros felinos es Leishmania infantum. Es endémica en más de 70 países, incluyendo España.

¿Cómo es el ciclo de la leishmaniosis?

El ciclo de este parásito es particular. La mosca transmite, a través de su picadura, L. infantum en un estadio denominado promastigote. Los macrófagos, que son un tipo de glóbulos blancos que intervienen en la defensa del organismo contra sustancias extrañas, los fagocitan y se crean una vacuolas denominadas fagolisosomas que sirven para aislarlos de los mecanismos de defensa. Dentro de estas los promastigotes cambian de estadío a amastigotes, se replican y se rompen los macrófagos liberando estos. Los amastigotes se diseminan por el sistema hemolinfático produciendo una infección generalizada.

¿Puede un gato tener leishmaniosis?

La progresión de la enfermedad depende de la respuesta inmunitaria desarrollada por el animal. Los gatos pueden infectarse, sin embargo, es más común la infección que la enfermedad asociada, por lo que puede resultar que sean positivos sin manifestar síntomas. Es por esto que los gatos son más resistentes a la leishmaniosis que los perros.

¿Qué síntomas produce?

En el gato, los signos clínicos suelen ser menos graves que en el perro, siendo estos:

  • Manifestaciones cutáneas: lesiones nodulares y ulcerativas del pabellón auricular (60%), hocico y puente de la nariz (20%) y área periorbitaria. Aunque se han reportado pocos casos, también pueden aparecer lesiones cutáneas generalizadas.
  • Signos oculares: blefaritis, conjuntivitis, uveítis y úlceras.
  • Signos inespecíficos: apatía, anorexia, palidez de mucosas, vómitos, diarrea, deshidratación, secreción nasal, poliuria y polidipsia, etc.

Los gatos inmunodeprimidos o con otras infecciones como leucemia e inmunodeficiencia felinas, tienen más probabilidades de enfermar.

¿Cómo se diagnostica?

La analítica de sangre y orina nos puede dar una idea, por ello es tan importante hacer chequeos periódicos a nuestros gatos. Para llegar al diagnóstico definitivo se pueden emplear métodos serológicos o parasitológicos como la citología, histopatología, cultivo y PCR.

¿Existe tratamiento?

Aún no hay estudios controlados sobre el tratamiento de la leishmaniosis felina, por lo que se emplean los mismos que en perros.

¿Cómo puedo prevenirla?

Se basa en evitar la picadura de los flebotomos. Aunque, a diferencia del perro, no existe vacuna en el gato, sí podemos emplear collares para este fin.

Otras opciones más simples son la utilización de mosquiteras lo suficientemente pequeñas para que no puedan pasar las moscas, mantener a los gatos dentro de casa en las horas de mayor actividad de los flebotomos (antes del amanecer y después del atardecer) y fumigar las zonas de posible cría de estos.